La chica salvaje: una oda a la incontenible naturaleza

No se puede parar de leerlo. La magnífica elegancia con la cual su autora Delia Owens, describe un escenario tan ajeno a nosotros como fascinante: la marisma, es casi o más cautivador que su propia protagonista.

Y es que en realidad ambos están unidos. Son uno mismo. La naturaleza la había críado, nutrido y protegido cuando nadie más había hecho eso por Kya, nuestra protagonista. Una niña que a su muy tierna edad se queda sola en el mundo.

La comunidad, lejos de ayudarla la teme. Porque temían a las personas que vivían en la marisma, un lugar alejado de la ciudad que, por su naturaleza propia, tenía sus propias reglas de supervivencia. Kya aprende a sobrevivir gracias a la naturaleza misma que analiza, y aprendiendo de ella, observándola toma lecciones de vida.

Lastimosamente a Kya la marca la soledad y encuentra refugio en las aves, las plantas y la naturaleza que la rodea. Un niño dos años mayor, Tate, es su único amigo y él le ayudará a leer y escribir. Así como Jumpin, un afroamericano bondadoso, que tratará de guiarla a medida que va descubriendo el mundo real.

Lo fascinante de esta novela, que tuvo uno de los debuts más exitosos recientemente, es que el primer libro de la autora Delia Owens, quien lo publicó en el 2019 a sus 70 años, y quien es científica de profesión. 

Sus años como zoóloga y PhD en comportamiento animal, la dotaron de todo el conocimiento que tan entretenidamente plasma a los largo de las páginas, y que fascina, deslumbra, y llena de una manera indescriptible sobre el poder incontenible de la naturaleza salvaje, de la vida en su máxima expresión.

Fue uno de los mejores libros con los que empecé el año y sin duda recomiendo al 100% su lectura. De punta a punta es una genialidad. Y además, en medio de todo esto, teje un asesinato sin resolver que involucrará a nuestra Kya y su marisma indomable.

Una historia de supervivencia, de la mirada prejuiciosa que se le da a una mujer sola que sale adelante, de reflexión sobre la necesidad de pertenencia, de calor humano pese a la ironía de que las relaciones son un salto de fe, y de aprender la vulnerabilidad en su mejor expresión (desde el significado que nos brinda Brené Brown, claro).

“La marisma no los confinaba, sino que los definía y, como cualquier terreno sagrado, guardaba sus secretos en lo profundo”

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